LA OLVIDADA DE DIOS
Niña de cabellos revueltos,
¿quién le dio a beber
esa copa de amargura?
Bocas feroces
y hambrientas de sangre
se dilataron contra su faz.
Y tambaleante y herida
caminó hacia su muerte.
Sus ojos se nublaron
bajo un sol inclemente.
Y como un ave aturdida
cayó entre los gritos
de la turba cruel.
Nadie conoció su nombre,
se llamaba Blanca azucena,
marchita y hollada
por gente perversa.
Nadie sabía su edad,
tenía todos los años
que pueden caber en la soledad.
Pasarán los años,
los otoños, los inviernos
o alumbrará el sol indiferente
sobre el mundo inhóspito
que conocemos;
pero el recuerdo de su tragedia
atisbará en mis ventanas
por siempre.
¡La olvidada de Dios!
la que consumió el fuego
de los devoradores,
de los que acusaban con el dedo.
Chusma injusta, amotinada
en derredor de aquella alma,
para darle muerte.
Marchítense las flores,
abranse los capullos tiernos
o arrullense las palomas,
pero la hoguera
que consumió su joven vida
apagará mis sonrisas para siempre.
¡La olvidada de Dios!
a quien se le negó
un minuto de piedad.
La que encendida
como antorcha viva
pidió clemencia
a sus torturadores,
y no hubo una mano
que se alargara
para salvarla.
La condenada
por las blasfemias
y los gritos hirientes
en la plaza del pueblo.
¡La olvidada de Dios!
vivirá por siempre
en mi recuerdo.
Y su martirio
como lumbre de fuego eterno.
INGRID ZETTERBERG
P.D. Inspirado en un caso de la vida real,
cuando en Guatemala se acusó de asesinato
a una chica de 19 años y la quemaron viva,
sin tener pruebas contra ella.